domingo, 28 de febrero de 2016

Mi tío Nelo

Mi tío Nelo se volvió loco y después siempre lo teníamos en casa. Vivía con nosotros. Después lo encerraron en una residencia y yo iba todos los domingos a por él y me lo llevaba a casa.
Era muy grande, muy grande, y me llamaba así: ¡Quiiica! y una vez se giró y se pegó una hostia, porque él, además, era grandote y caminaba así… Le gustaba mucho el gazpacho manchego. Un día hice una paella de gazpacho manchego y estábamos por ahí los chiquillos y yo, y tal, y cuando entramos en la cocina el gazpacho ya no estaba. Se había comido toda la paella. Toda la paella. Sí, él comía así. Una vez se comió ciento una sardinas saladas con un kilo de pan, ciento una. Ahora, tenía la fuerza de un buey.

domingo, 21 de febrero de 2016

Noticias

¿Que no vendrán las noticias
pausadamente tras los días
y hablar de nuevo
de los muertos?

domingo, 14 de febrero de 2016

Jamás hubo sombra

Una hermosa voz me despertó de la siesta una lejana tarde de verano. Me había tumbado en el sofá y mi hermano ponía música clásica. Los velos del sueño se abrieron suavemente y me encontré flotando entre las nubes de un delicioso cielo musical. Tomé nota de aria: "Ombra mai fu" de Händel. La letra dice, más o menos: "jamás existió sombra más dulce, querida y amable que la de mi amado y frondoso árbol". El otoño pasado, más de treinta años después, viajamos a mi ciudad de origen. Sonó en la radio del coche Ombra mai fu. En realidad, la tengo programada en el dispositivo y no fue ninguna sorpresa. Atardecía en el ancho valle del Guadalquivir y yo pensé entonces en "mi amado y frondoso árbol", la gran encina bajo la que descansan las cenizas de mis padres. Empecé a llorar despacio, no sé si de alegría o de pena. Mi amiga también lloró, sin saber la letra ni lo que yo estaba pensando. Hace un par de semanas puse la radio del desván y empezó a sonar, desde el principio, Ombra mai fu.

domingo, 8 de noviembre de 2015

Llorar en el cine

Un sábado de invierno la abstinencia me dominó. Cansado de aguantar en mi cuarto, bajé a la salita y me senté frente al televisor. Mi familia se movía de aquí para allá, ocupada en sus historias, indiferente a mi sudor frío, mi angustia, mis temblores. No es para tanto, me decía, esto es solo una gripe, dentro de tres días estarás como nuevo. O bien, mañana temprano salgo a buscar, ahora es imposible encontrar alguien que me pase algo en condiciones. Apareció un anuncio rematadamente cursi. Una pareja paseaba en barca en un apacible lago. Él remaba con suavidad, cariñosamente. En mi recuerdo, el paisaje era verde y luminoso. Los personajes vestían ropas claras y se miraban embelesados, rodeados de una aura de felicidad postiza, vulgar e inverosímil. Y sin embargo, eran felices. ¿Por qué yo no puedo ser feliz como ellos? ¿Por qué no puedo disfrutar de algo tan sencillo? Empecé a llorar como quien llora en el cine, con lágrimas suaves entrecortadas por los sollozos. Cuando se me pasó la perra, subí y me encerré en mi habitación.

domingo, 1 de noviembre de 2015

Imagen de Lyudmilla Petrushevskaya

"Érase una vez una mujer que quería matar al bebé de su vecina" de Lyudmilla Petrushevskaya es una antología de cuentos de miedo, misterio, maldad, miseria y esperanza.  El estilo de Petrushevskaya es conciso, rápido. Qué pena que el libro esté agotado.

domingo, 25 de octubre de 2015

El mensaje es el medio


El próximo medio de comunicación, sea cual sea —como, por ejemplo, una extensión de la conciencia—, incluirá en sí mismo los contenidos de la televisión, no su entorno, y transformará la televisión en una forma de arte. Un ordenador como un instrumento de investigación y comunicación podría mejorar la realimentación del conocimiento, dejar obsoletas las grandes bibliotecas, recuperar la actitud enciclopédica del individuo y hacer todo ello rápidamente, a medida que los datos que se utilicen se conviertan en algo comercializable.
Marshall MacLuhan, 1962

domingo, 18 de octubre de 2015

La factura

Dijo que había pasado una mala racha pero que ahora se encontraba bien. Se había reencontrado con los amigos de la juventud y cenaban juntos de vez en cuando. En aquellas cenas observaba como la vida había tratado a unos y otros y, especialmente, a aquellos que habían caído en el infierno de la droga. Carreras truncadas, problemas económicos, y todo lo que arrastra una vida sin futuro y sin sentido. Veía como aquellos amigos, rehabilitados, habían encontrado el camino de la salud y la energía para trabajar. Habrían llegado mucho más lejos si la droga no se hubiera interpuesto en su camino. Siempre, dijo, la droga destruye algo de ti y quien entra en ese mundo no puede salir de él sin pagar un precio. Entonces sentí una desazón terrible. Él hablaba conmigo y sabía que yo había pagado ese precio. Debería haberse callado, puesto que me estaba haciendo daño. Una repentina tristeza me hizo caer en la cuenta de que la piedad tiene muchas formas.