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Un poema de Lanseros leído al azar

Abro el libro y leo lo primero que veo, el poema "Un joven poeta recuerda a su padre". Al principio se desliza ante mis ojos con naturalidad de prosa, sin ensoñación alguna, sin sorpresa. Me dejo llevar por su cadencia suave pues, a pesar de que no tiene rima, las sílabas finales chocan entre si como bolas de billar.
Es solo un poema como tantos otros de este libro, otra página leída al azar, pues tengo esa costumbre, abrir los libros por cualquier sitio para ver que me dicen. El poema encabeza el tercer o cuarto libro de poesía que publicó su autora, y quizá recibió una buena acogida en su día. Ignoro en este momento que es el primero de los recogidos en “Los ojos de la niebla” (2008) y no sé si es la poetisa quien escribe sobre un poeta imaginado o si es ella misma quien recuerda a su padre. No sé nada de eso y no me importa, porque estoy leyendo indiferente, sin prestar demasiada atención, dejando que el verso me impregne. Escucho al poeta hablar con su padre como si lo …
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Sobremesa

De las aguas cenagosas de la laguna saltaban las lisas, gordas y repugnantes. La comida fue rápida, como de trámite. Mis inconveniencias subieron de tono a medida que subía la concentración de alcohol en sangre. Hice ciertos comentarios desagradables acerca de mi suegra, por lo que mi mujer se enfadó bastante. Sus compañeros de trabajo también se molestaron. Uno de ellos llegó a decirme que yo "no estaba invitado a la comida", cosa que no era rigurosamente cierta. Entonces, la camarera tiró un café sobre un cliente y quiso sacudirle la entrepierna con un trapo. El cliente se negó. La camarera hablaba con voz estridente y alegría salvaje. Pedimos helado y nos obligó a pedir a todos el mismo sabor. El sujeto que había dicho que yo no estaba invitado, pidió un café. La camarera le gritó que como lo quería, que si de esta manera, de aquella o la de más allá. El tipo no tuvo más remedio que disculparse, aunque luego añadió: "no te preocupes que no vendré más por aquí." …

Perfil literario de Raquel Lanseros

[Esta es mi primera contribución al proyecto Adopta una autora, una iniciativa cuyo objetivo es promover, divulgar y dar a conocer la vida y obra de autoras de cualquier época, idioma, nacionalidad, género o formato de lectura.]
El lector y la autora Leer a una poetisa moderna, culta y sincera es un placer para todo aquel que cree en la poesía. Y digo creer porque, para mí, la lectura poética es un diálogo interior, una manera de viajar por el infinito espacio sin tiempo ni frontera que llevamos dentro. Si Dante llegó al infierno de la mano de Virgilio, nosotros, extrañas criaturas de un mundo extraño, podemos también llegar muy lejos de la mano de una mujer de nuestra época. Su voz vital, alegre, brillante —y a veces melancólica—, es una voz amiga, una pauta rítmica e inteligente y también el eco de nuestra propia voz.  El encuentro Un domingo por la tarde regresaba del Sur por una autovía desierta. Escuchaba la radio para distraerme. Una chica simpática presentaba su traducción de L…

Érase una vez una mujer que quería matar al bebé de su vecina

Bajo el envoltorio de la magia y el misterio, esta recopilación de narraciones breves nos habla de la maldad, la miseria y, a la vez, la esperanza que habitan el corazón humano. Su autora (Liudmila Petrushévskaia, Moscú 1938), sufrió la censura del régimen soviético y solo pudo publicar algunos cuentos sueltos en revistas literarias. Sin embargo, “Los nuevos robinsones", uno de los relatos incluidos en esta antología, cosechó un gran éxito y desde entonces su prestigio no hizo más que crecer.
Los cuentos de Petrushévskaia son inquietantes. No dejan indiferente al lector: o los amas o los odias. Son extraños, absurdos, oníricos, fantasía y sin embargo, son tan reales que es imposible tomar distancia de su magnética crueldad. El estilo de Petrushévskaia es rápido, conciso, directo, efectivo, satírico, flexible, extraordinario. Puede parodiar a Chejov o burlarse de la opresión política tras elegantes alegorías. Ella misma ha reconocido que el fundamento de su narrativa corta está e…

Claudette Colvin, pionera de los derechos civiles

El 2 de marzo de 1955 Claudette Colvin se negó a ceder su asiento en un autobús a una mujer blanca de mediana edad en Montgomery (Alabama). Claudette tenía entonces 15 años. Cuando le preguntaron bajo arresto porqué había actuado así respondió: “Es mi derecho.”

Adolescente, soltera y de padre desconocido, en los meses siguientes Claudette quedó embarazada.

El 1 de diciembre del mismo año Rosa Parks también fue arrestada por negarse a ceder su asiento a una persona blanca, pero quizá debido a que era una mujer adulta casada y trabajadora su gesto recibió mucha más publicidad. El movimiento de derechos civiles escogió como símbolo de su lucha a Rosa Parks.

Claudette Colvin se instaló en Nueva York, donde trabajó como enfermera en una residencia de ancianos durante treinta y cinco años. Tiene ahora 77 años y dos hijos. Nunca se casó. Es su derecho.

Un gato

El chiringuito, cutre. El arroz duro y aceitoso. El precio excesivo. El mar demasiado brillante, el cielo demasiado azul, el camarero demasiado simpático, los comensales ruidosos, el toldo sofocante. Un gatito portuario se acerca a la pata de la mesa y yo, aburrido, dejo caer un trozo de pescado. El gato acerca su naricilla al pescado y me mira. Espera unos segundos y lo come tranquilamente, como un consumado y hábil gourmet. Quizá ese instante que dedican los gatos a estudiar la comida sea un reflejo de su instinto cazador, un ritual. Mi trocito de pescado es la presa que ha obtenido de un humano más. El camarero cuando pasa le da una patada.

Imagen de Simone Weil

Simone Weil (París, 1909 - Ashford, 1943) fue una mujer de una inteligencia y una sensibilidad fuera de lo común. Simone de Beauvoir comentó sobre ella: «Me intrigaba por su gran reputación de mujer inteligente y audaz. Por ese tiempo, una terrible hambruna había devastado China y me contaron que cuando ella escuchó la noticia lloró. Estas lágrimas motivaron mi respeto, mucho más que sus dotes como filósofa. Envidiaba un corazón capaz de latir a través del universo entero». A principios de agosto de 1936 tomó el tren para Barcelona. Estuvo en el frente aragonés con la columna Durruti. A los dos meses sufrió un providencial accidente: se quemó un pie con una sartén llena de aceite hirviendo y fue repatriada. Desencantada por la brutalidad y el sinsentido de la guerra, no quiso regresar. Toda su obra, editada por sus amigos, se publicó después de su muerte. Destaca por la ética de la autenticidad y una rara combinación de lucidez, honestidad intelectual y desnudez espiritual.

Jamás hubo sombra

Una hermosa voz me despertó de la siesta una lejana tarde de verano. Me había tumbado en el sofá y mi hermano ponía música clásica. Los velos del sueño se abrieron con sutil ligereza y me encontré flotando entre las nubes de un delicioso cielo musical. Tomé nota de la copla: "Ombra mai fu", de Händel. La letra dice, más o menos: "jamás existió sombra más dulce, querida y amable que la de mi amado y frondoso árbol".
Hace unos meses viajamos a mi ciudad de origen. Sonó en la radio del coche Ombra mai fu. En realidad, la tengo programada en el dispositivo y no fue ninguna sorpresa. Atardecía en el ancho valle del Guadalquivir y yo pensé entonces en "mi amado y frondoso árbol", la grandiosa encina bajo la que descansan las cenizas de mis padres. Empecé a llorar despacio, no sé si de alegría o de pena. Mi amiga también lloró, sin saber la letra ni lo que yo estaba pensando.
Hace un par de semanas puse la radio del desván y empezó a sonar, desde el principio, O…

Imagen de Leonardo Scicascia

Volé sobre el Atlántico con "Il mare color del vino", antología de cuentos de Leonardo Sciascia. El primer párrafo me golpeó como una ola cálida. Era el párrafo que yo buscaba desde hacía años, que por fin encontraba a diez kilómetros de altura, que sería incapaz de escribir jamás y que nunca me serviría para salvar el cuento que tenía atascado. Me vi escribiendo todo un cuento con aquel tono poderoso, lírico. Y cerré el libro.

La joven triste

Entró una chica joven, muy bonita, y se dirigió al mostrador. Cruzó unas palabras con la enfermera y se quedó frente a la puerta de una consulta. Llevaba unos jeans ceñidos y una camisa blanca muy holgada. Parecía muy segura de sí misma. Esperó su turno de pie, dándonos la espalda. Pronto la llamaron. Al momento, la doctora salió apresuradamente y dejó la puerta abierta. Desde mi ángulo no veía a la chica pero sí el escritorio de la consulta. Encima había un paquete de pañuelos de papel, algo usual en este tipo de sitios. Entonces, vi a la chica apoyar la cabeza sobre la mesa y sollozar amargamente. Aparté la mirada.